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Trauma : qué es y por qué hablar no siempre es suficiente

12 ago
4 min de lectura

Hay algo que no cierra del todo en la narrativa convencional del trauma: la idea de que si lo hablas suficiente, lo procesas; que si lo entiendes, lo integras...Que si le pones nombre a lo que pasó, el cuerpo puede seguir adelante.

Para muchas personas, hablar ayuda. Para otras, no es suficiente. Y no porque no estén haciendo el trabajo correcto — sino porque el trauma no vive principalmente en el lenguaje, vive en la interpretación inconsciente de las experiencias. Me encanta la definición de Gabor Mate: "el trauma no ocurre cuando te pasa algo malo, sino cuando no tuviste contención después". El sistema autónomo responde a nuestra necesidad gregaria. Como animales, si no tenemos tribu, estamos destinados a morir.... cuando algo fuerte nos pasa -- ya sea por un evento abrupto o por suave repetición-- y no tenemos comprensión, cuidado o contención, el SNA confirma que estamos en peligro y se queda con el boton de alarma apretado... eso es trauma. Mas adelante, cuando nuestros sentidos detectan algo que se asemeja al evento, se dispara la amigdala y esta activa una cascada de respuestas automáticas: tensión muscular, cambios en la frecuencia cardíaca, alteración en la respiración, activación del eje HPA (liberación de azucar, cortisol y adrenalina). Estas respuestas no pasan por el razonamiento consciente; son más rápidas, más antiguas, y tienen un propósito: sobrevivir.

El problema ocurre cuando esa respuesta de supervivencia no se completa...Cuando el sistema nervioso se queda atrapado en un estado de alerta que ya no tiene sentido en el presente, pero que el cuerpo sigue ejecutando como si la amenaza continuara.

¿Qué pasa entonces cuando vamos a terapia y hablamos del evento traumático? A veces funciona muy bien. Construir narrativa, darle sentido a lo que ocurrió, recontextualizar desde el presente — todo eso tiene valor realer, pero si el sistema nervioso sigue en modo defensivo, la historia puede cambiar para la mente consciente y el cuerpo seguir igual: con el diafragma contraído, el cuello tenso, la digestión alterada, el sueño fragmentado, la tiroides a tope, la mente catastrofista liderando nuestro dialogo interno.

Peter Levine, quien desarrolló el modelo de Somatic Experiencing, señala algo esencial para cualquier clínico que trabaje con trauma: los animales en estado salvaje completan sus ciclos de respuesta de estrés de forma automática. Se sacuden, tiemblan, corren. El cuerpo descarga la energía activada. Los seres humanos, con nuestra corteza prefrontal y nuestras normas sociales, aprendemos a inhibir esas descargas y pagamos un precio altísimo.

Eso no significa que el trabajo somático sea el único camino ni que la psicoterapia verbal no sirva. Significa que para muchas personas, el cuerpo necesita participar activamente en la recuperación. El sistema nervioso autónomo necesita aprender — a través de la experiencia, no solo del entendimiento intelectual — que la amenaza terminó.

En la práctica clínica esto se ve con frecuencia. Pacientes que pueden articular perfectamente lo que les pasó, que han hecho años de trabajo terapéutico, que tienen insight, pero cuyo sistema nervioso sigue respondiendo como si estuvieran en peligro. Hipervigilancia, activación fácil, dolor crónico que no responde a tratamientos convencionales, insomnio, fatiga etc.

La buena noticia es que el sistema nervioso autónomo es plástico. Puede aprender. No solo a través de la comprensión cognitiva, sino a través de la experiencia sensorial, el movimiento, la regulación co-regulada con otro sistema nervioso, la presencia pueden recordarle al cuerpo. de que el presente no espeligroso, de que está seguro... y la transformación ocurre. Deb Dana, trabajando con el modelo polivagal de Stephen Porges, ha descrito con precisión cómo la seguridad no es un concepto que el cuerpo aprende — es un estado que el sistema nervioso experimenta.

La pregunta que vale la pena hacerse no es si hablar ayuda, es: ¿el cuerpo también está en la conversación? ¿Qué tan consciente estás de las reacciones corporales que tienes en una plática intensa? ¿Qué tanto caso le haces a esos apretones de la panza o mandíbula? Si no escuchamos al cuerpo va a serguir elevando el volumen de su aviso y tenemos que recordar SIEMPRE que el sistema nervioso autónomo es primitivo. No entiende de razones, entiende de seguridad y supervivencia; está cableado para esperar lo peor, porque como le digo a mis pacientes: "al que se distrajo ya se lo comieron y no tuvo descendencia". Ahora los estresores son emocionales y la cultura nos enseña a ignorar las señales de nuestro cuerpo. Desde chiquitos nos dicen que nos quedemos quietos, que esperemos para ir al baño, que saludemos a esa persona que nos genera desconfianza. Para cambiar el trauma (que es simplemente una alerta sostenida) es esencial regresar a escuchar al cuerpo. Prácticas como las técnicas de anclaje, la terapia de experiencia somática o (mi favorita) EMDR pueden ayudar mucho, pero lo realmente transformador es la conciencia del presente, traer tu mente al presente a travez de técnicas meditativas, la exploración somática y la escucha exploradora de tus síntomas. No podemos barrer debajo del tapete señales de millones de años de evolución con confirmación de éxito sobre nuestra supervivencia... el camino está en escucharlas y redireccionarlas con base en la seguridad del presente. Cuando el estrés es emocional o mental, será muy fácil regresar a la calma cuando los sentidos no encuentren depredadores o incendios... pero qué tanto permites que tus pensamientos te regresen al loop de alerta ? Regresa... la vida está aquí, ahora. La seguridad esta en el presente.

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